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13/12/2018
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El éxito económico de las naciones en el siglo XXI

Una cuestión central que ha preocupado a los economistas a lo largo de la historia es el éxito económico de las naciones. Es decir, ¿por qué unos países crecen y se desarrollan mientras que otros languidecen y se atrasan? Un estudio reciente de McKinsey Global1, relativo al comportamiento de las economías emergentes ha destacado la relevancia que tienen las políticas públicas, la eficiencia del gobierno y el comportamiento de las empresas competitivas globales en la receta del éxito económico de las naciones. A ello me refiero en este post.

La importancia del crecimiento para contribuir a crear un clima favorable a la realización de los ahorros y las inversiones permitiendo a las empresas invertir, acumular capital, construir capacidad productiva y abrir el resto de la economía, se ha convertido en el eje principal de una visión compartida que está detrás del éxito económico de las naciones.

Lo más importante es que esta visión no ocurre de manera natural, automática, ni resulta fácil su aplicación, sino que depende de una agenda compartida de los responsables políticos con los dirigentes empresariales privados de los países, que establezca lo que se tiene que hacer, por ejemplo, estimular las exportaciones en un determinado sector de la economía, o situar los incentivos en el sitio correcto, promoviendo el impacto de la acción integrada de los distintos agentes para conseguir altos niveles de ahorro y de acumulación de capital en la economía.

¿Por dónde empezar? Parece evidente que lo primero es lograr elevadas tasas de ahorro y movilizar los recursos financieros de la gente hacia la inversión productiva. Para ello, se necesita aumentar el valor de los ahorros, de modo que si se ponen realmente a trabajar puedan producir un incremento significativo de la riqueza en el futuro. De igual modo, hay que garantizar la seguridad de los ahorros, para que puedan salir de debajo del colchón con tranquilidad y pasar a instituciones crediticias transparentes, competentes y seguras.

La política pública para lograr estos objetivos, pasa primero por crear un sistema financiero que permita que funcione la relación ahorro e inversión de manera eficiente. Solo así se puede lograr que los ahorros se destinen a crear valor. Por un lado para asegurar el despegue de la industria, de otro para estimular el crecimiento de las pequeñas empresas que no tienen acceso a los mercados. Finalmente, para dar seguridad a las inversiones inmobiliarias. Para ello, se deben implementar políticas públicas que permitan la recuperación de los ahorros, sin erosión, lo que facilite de nuevo su aplicación a otros proyectos inversores. Seguridad para ahorrador e inversor. Esta es la clave del proceso.

No conviene descartar la importancia de la inversión extranjera directa, por su contribución en estos países de éxito a la aportación de nuevas tecnologías y know how empresarial, vinculando las empresas locales a los mercados globales. Sin embargo, en términos de acumulación de capital, lo importante para estos países ha sido el ahorro nacional y su correcta aplicación. La credibilidad de las instituciones, la inclusión financiera y la orientación de los ahorros domésticos hacia los mercados de inversión, conforman un círculo virtuoso de desarrollo y prosperidad. Y no existe alternativa.

Es cierto que en tiempos recientes se ha puesto de moda el uso de aranceles, tarifas y cuotas, así como la eventual reducción de sus niveles, como medio para influir en el funcionamiento de los mecanismos de mercado. Los países emergentes de éxito han adoptado estas medidas para abrir de forma gradual, y desregular progresivamente, sus mercados orientando las economías hacia el mercado libre. A resultas de este proceso, han aparecido empresas líderes que han mejorado sus exportaciones, o acelerado su digitalización, por ejemplo. Y si bien es cierto que el papel del gobierno se ha dejado sentir en estos procesos, lo ha hecho en una lucha decidida contra los oligopolios a favor de una mayor competencia. El foco se sitúa en la capacidad para generar beneficios de las empresas, mucho más que las ventas. Las empresas líderes son las que han mostrado una mayor capacidad de obtener beneficios, no solo a corto, sino a medio y largo plazo.

En su camino a la prosperidad, los países emergentes de éxito han contado con empresas competitivas y de gran dimensión, que además, comparadas con sus contrapartes de la OCDE, han avanzado mucho más en los procesos de digitalización. Además crecen más rápido e invierten más. Acaban convirtiéndose en rivales globales de nivel.

Lo que resulta más interesante de estas nuevas empresas es que no solo atienden sus propios mercados, sino que se orientan hacia el mundo como terreno principal de juego. Una vez superan la fase exportadora inicial, a través de procesos de mejora contribuyen a un mejor funcionamiento de las pequeñas empresas con la creación de cadenas de valor que cobran ímpetu. Se pagan salarios más elevados que permiten aumentar las rentas. Y al mismo tiempo, se facilita el I+D, niveles más elevados de inversión en tecnología. Se trata de una organización basada en el mercado, que conduce a niveles más elevados de productividad, incrementa los ingresos y da soporte al aumento de la demanda.

La política pública de la agenda pro-crecimiento, de este círculo virtuoso, combina la energía empresarial con la forma correcta de gestionar una economía, creando oportunidades de desarrollo y prosperidad para todos. Los gobiernos, en la mayor parte de estas economías de éxito, han desempeñado un papel activo en los procesos. El enfoque de una planificación indicativa, que respeta la acción del libre mercado, gana en relevancia por su contribución al desarrollo. Adaptar las experiencias de éxito, las buenas prácticas observadas por el mundo, ha sido una actuación correcta de los responsables políticos en su deseo por fomentar la prosperidad de sus países.

Además, muchas de estas economías se encuentran en lo que se suele catalogar como las primeras etapas del proceso de desarrollo. Un proceso en el que se presentan fallos de mercado, como la inexistencia de suficiente capital privado para la inversión, que se deben atender por las políticas públicas. En este punto, los gobiernos han actuado correctamente, apostando por la inversión en infraestructuras en las zonas más deprimidas y el desarrollo de las empresas estatales. Después, alcanzado un nivel de solvencia y estabilidad, la privatización ha sido la actuación más correcta.

En ese sentido, los principios de la economía de mercado no solo se han respetado en el ámbito de las decisiones económicas empresariales, sino que han venido a orientar e influir la actuación misma de los gobiernos, en busca de eficiencia para el gasto público.

La inversión en capital humano de los gobiernos para afrontar estos retos emergentes aparece como una cuestión de primer orden. En relación con la abundante investigación relativa al papel que el capital y las tecnologías han desempeñado sobre el crecimiento de la productividad, es interesante comprobar que los estudios sobre la aportación del trabajo han sido mucho menos desarrollados.

La inversión de los gobiernos en educación experimentó crecimientos destacados, pero las empresas de éxito, y en ocasiones sectores completos, han tenido dificultades muy importantes para encontrar trabajadores cualificados y, en última instancia, han debido realizar grandes esfuerzos por actualizar las cualificaciones de los que ya tenían trabajando. El mejor ejemplo es el sector tecnológico de la India. A pesar de contar con abundante población que tiene estudios de educación terciaria, las empresas debieron formar y actualizar sus conocimientos para que pudieran desempeñar los empleos ofertados.

En este punto, los mercados de trabajo de los países emergentes de éxito son determinantes del mismo. El estudio destaca que la flexibilidad, la inclusión y la movilidad son las palancas fundamentales para el desarrollo y la prosperidad. En esta dirección es como deben orientarse las políticas de inversión en educación de los gobiernos si se pretende mantener el dinamismo de las cadenas de valor y las oportunidades para las pequeñas y medianas empresas.

La crisis de Lehman Brothers diez años atrás

Han pasado diez años desde la quiebra de Lehman Brothers, el que fuera cuarto banco de inversión de Estados Unidos, y que generó una crisis financiera mundial de la que pocos países escaparon. Los diez años transcurridos desde aquel mes de septiembre de 2008, han permitido a los países contar con experiencia sobre lo que se debe y no hacer en relación con la gestión financiera, a nivel global.

Lehman Brothers, que poseía activos por valor de 639.000 millones y una plantilla estimada en 26.000 empleados en todo el mundo quebró dejando un agujero de 613.000 millones de dólares. Una cifra que se convirtió en la mayor quiebra de la historia. Cuando faltan apenas dos semanas para el décimo aniversario de aquel percance económico, del que fuera cuarto banco de inversión de Estados Unidos, podría resultar interesante realizar unas reflexiones sobre el tiempo transcurrido, lo que hemos aprendido, las consecuencias de aquellos acontecimientos, y finalmente concluir si la economía mundial en la actualidad está mejor preparada para afrontar crisis sistémicas, o por el contrario, persiste la debilidad y en cualquier momento puede surgir una crisis financiera generalizada de efectos similares.

Tal vez por ello, un poco de historia sea conveniente a fin de centrar los sucesos acaecidos hace diez años. Los primeros síntomas de las turbulencias se detectaron en la primavera de 2007, concretamente en el mes de abril, cuando tuvo lugar la quiebra del New Century Financial, que era una pequeña entidad especializada en la concesión de hipotecas de alto riesgo, un producto financiero que tuvo mucho que ver con lo ocurrido después.

Aquel acontecimiento no dio para más, salvo para atraer la atención de algunos medios. La razón: la economía se mostraba fuerte y nadie podía pensar que se estaba a las puertas de una grave crisis. No obstante, algunos analistas y expertos situaron el comienzo de la grave crisis financiera, que vendría después, a comienzos del mes de agosto de 2007. En cuestión de tres días, entre el 6 y el 9, se produjo la quiebra de tres sociedades hipotecarias estadounidenses, en tanto que al otro lado del Atlántico, donde los efectos no se habían producido aún, el banco francés BNP Paribas anunciaba la suspensión de tres de sus fondos. Para la institución francesa, la disminución del precio de los activos vinculados a las hipotecas de alto riesgo le impedía calcular el valor de los fondos, por lo que estaba obligado a lograr que los inversores retirasen su dinero.

A partir de entonces, los sucesos fueron siendo cada vez más graves y la enfermedad empezó a extenderse con rapidez, y como consecuencia, los bancos dejaron de confiar sus operaciones en el mercado interbancario, que quedó completamente paralizado. Las entidades no se atrevían a prestar a otras, y el nivel de desconfianza aumentó de manera vertiginosa ante el desconocimiento de lo que se contenía en los productos financieros que los analistas calificaban de tóxicos, pero que hasta entonces se habían comercializado prácticamente sin límites. Ni siquiera las inyecciones masivas de liquidez por parte de los bancos centrales sirvieron para contrarrestar el clima de desconfianza, ni tampoco el descenso de los tipos de interés que acabaría llevando el precio del dinero a mínimos históricos.

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Las remesas económicas y sociales de los emigrantes: una perspectiva global

Este año, el Foro Económico de Davos ha prestado atención a las migraciones, un asunto candente en todos los países occidentales que ha generado un aluvión informativo en las últimas semanas, y que lo seguirá haciendo, porque es una tendencia imparable, característica del nuevo entorno de la globalización de este siglo XXI1.

El interés por las migraciones tiene un punto de partida fundamental en el reconocimiento de la importancia cuantitativa que tienen. En la actualidad, cerca de 258 millones de personas residen en un país distinto al que les vio nacer, el 3,8% de la población mundial estimada. Como dato curioso, los cubanos, durante seis décadas, han llegado a acumular más de 2,5 millones en el extranjero, lo que representa un porcentaje del 22,7% sobre la población de la isla. El asunto es especialmente sensible.

Las razones para migrar y cambiar de país son muchas, y se modifican a lo largo del tiempo. En los últimos años, existe un amplio acuerdo en que la migración cada vez más responde a situaciones de conflictos bélicos locales, la persecución, el deterioro del medio ambiente, a la falta de oportunidades y una profunda falta de seguridad en la vida de los seres humanos2.

Por otra parte, al desarrollar su nueva vida en los países de adopción el emigrante conserva en buena medida sus valores, cultura, experiencia, conocimiento y proyectos vitales de origen. Con el paso del tiempo, adquiere nuevas competencias y cualificaciones fruto de su desarrollo profesional, y gracias a ello, cubiertas sus necesidades inmediatas, puede realizar envíos periódicos de dinero a sus familias. Por este motivo, las remesas de los emigrantes a sus familias se han convertido en objeto de atención en el Foro Económico de Davos3 y el cálculo de su importe total y los efectos cuantitativos y cualitativos que generan, ha abierto una línea de investigación muy prometedora.

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Tarifas y aranceles ante la 4ª revolución industrial

Pensar en aranceles y tarifas en el comercio mundial del siglo XXI es un error de los gobiernos. Sobre todo, es creer posible una vuelta atrás en el tiempo, cuando las tendencias que empujan el comercio mundial de bienes y servicios van por otro camino, sin duda muy diferente.

Buena parte del comercio mundial desde la primera revolución industrial tuvo mucho que ver con lo que se entiende por el proceso de ensamblaje de piezas, en esencia, el diseño e ingeniería de herramientas e instrumentos necesarios para producir los componentes de los productos finales. El ensamblaje fue la tecnología fundamental desde el nacimiento de las primeras plantas fabriles a la orilla de los ríos en Inglaterra. Permitió que los productos manufacturados salieran de las máquinas y no de las manos de los artesanos tradicionales, como había ocurrido a lo largo de la historia en los siglos anteriores. Supuso que los procesos productivos se beneficiaran y se vieran estimulados por la adopción de tecnologías e innovaciones mecánicas, como la máquina de vapor. La historia desde entonces, nos es bien conocida.

Una vez que las máquinas se hicieron con el papel fundamental en la producción, las materias primas empezaron a viajar de los países en desarrollo a los industrializados, en tanto que las manufacturas producidas se extendían por todo el mundo a precios cada vez más competitivos como consecuencia de la producción masiva. Entonces, en algún momento de este proceso, los gobiernos apostaron por la fijación de los aranceles, tarifas e impuestos sobre el comercio mundial. En ocasiones con fines recaudatorios, en otras como respuesta a las presiones internas para evitar la competencia internacional de precios en descenso. Tanto en un caso como en otro, los perjudicados eran los consumidores finales que pagaban precios más elevados por los productos.

Todavía en la actualidad, las materias primas continúan viajando a las factorías en aquellos lugares del mundo en los que se producen los componentes. A su vez, estos componentes que poseen una naturaleza industrial manufacturera se envían a otros países donde se encuentran los ensambladores del producto final. Este proceso que ha llegado a nuestros días y que se encuentran bien asentado es un legado de la primera revolución industrial.

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Las relaciones de la UE con Cuba y Estados Unidos

La visita de Federica Mogherini a La Habana para rendir pleitesía a un régimen que agoniza no ha sentado bien a los sectores de la disidencia y la oposición que comparten con los 28 estados de la Unión Europea un mismo modelo de democracia, pluralismo y respeto a los derechos humanos.

Sin embargo, una derivada mucho más complicada aún, que puede tener repercusiones a medio plazo para la Unión Europea es la toma de posición con respecto a la política del nuevo presidente de Estados Unidos, por cuanto supone una confrontación directa no sólo en el caso cubano, que ya se da por perdido en todos los foros diplomáticos, sino con relación a otros ámbitos de la geopolítica internacional. Si la Unión Europea continúa esta política de expansión diplomática y comercial para ocupar el espacio que deja la actitud del presidente Trump, pueden aparecer nubarrones grises que anuncien tormenta.

No está bien que la alta representante de la Unión Europea diga sin referirse a nadie en concreto, pero con la mente puesta en el presidente Trump, que "frente a los que levantan muros y cierran puertas, nosotros los europeos queremos tender puentes y abrir puertas mediante la cooperación y el diálogo". Además, en la conferencia impartida en el Colegio San Gerónimo de La Habana, lanzó duras acusaciones contra el “bloqueo” que en su criterio, EEUU mantiene sobre la Isla desde 1962, una política "obsoleta e ilegal" cuyo único efecto es "empeorar la calidad de vida" de los cubanos. Ni más ni menos que el guión que usa el castrismo desde hace 54 años.

Diciendo estas cosas Mogherini se olvida que el régimen castrista es el único que mantiene las estructuras y políticas de los tiempos de la “guerra fría”, incapaz de abrir espacios a la libertad, el pluralismo y el progreso, a la vez que, enmarañado en ajustes económicos que no llevan a ningún sitio, ve como la economía entra en recesión sin apenas capacidad para cumplir sus compromisos internacionales. Diciendo estas cosas, Mogherini se puede encontrar con algunos diputados europeos que no estén de acuerdo con sus afirmaciones y cuestionen su gestión. En fin, los problemas se acumulan. La tormenta está cerca.

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Economía cubana 2017: ¿dónde estamos?

Cuba ya no sorprende a nadie en el terreno económico. Si en 2016 logró remontar las consecuencias de una grave recesión con origen en la reducción de los suministros de petróleo chavista, con las limitaciones que ello implica a nivel interno y externo, este año la actividad se ha visto inmersa en la pérdida de fuerza de los motores, como el turismo o la inversión extranjera, complicaciones que unidas al efecto adverso de la climatología, definen un escenario cuanto menos problemático para el previsto relevo de Raúl Castro a comienzos de 2018.

El Informe de CEPAL relativo al balance preliminar de las economías en América Latina y el Caribe vuelve a situar a Cuba, con un 0,5% de crecimiento del PIB en el puesto 27º del ranking, o lo que es lo mismo, en los últimos de la clasificación regional, lo que indica que conforme pasaban los meses, la economía no ha conseguido remontar los pésimos resultados, de modo que se espera que los problemas que la han atenazado a lo largo del año no hagan otra cosa que incidir de forma negativa en el cierre el ejercicio.

De ese modo, Cuba se distancia del resto de países de América Latina que están sacando más provecho de la actual coyuntura, y se muestra incapaz de obtener los mayores réditos de las reformas parciales que el régimen ha ido adoptando en los últimos años. El régimen castrista continúa empeñado en mantener a Cuba aislada del resto del mundo, e impedir a los cubanos que ejerzan con libertad sus derechos económicos, consolidando un sistema de planificación central de la economía en el que no se respetan los derechos de propiedad privada, que prácticamente no se observa en ningún otro país del mundo.

En este escenario, el régimen no hace otra cosa que mirar siempre de puertas adentro y denunciar un presunto ejercicio de bloqueo o embargo, pero no consigue poner énfasis en el tipo de reformas que harían más productiva y competitiva a la economía nacional. Un círculo vicioso del que cada vez resulta más difícil escapar.

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El fracaso de la inversión extranjera y la exportación en Cuba

Malmierca declara a Granma que “en materia de inversión extranjera se observan modestos avances en cuanto a la concreción de nuevos negocios, tanto dentro como fuera de la Zona Especial de Desarrollo Mariel, así como reinversiones en varios de los proyectos existentes”, y no me queda más remedio que darle toda la razón. Que de un modo u otro, reconocer, como hace él, un fracaso de la política de captación de inversiones extranjeras en Cuba es un hecho objetivo y, en contra de lo que muchos pueden pensar, obedece a razones de las que él no tiene culpa alguna.

El régimen castrista, que siempre ha confiado su existencia política a la propaganda y la venta de presuntos éxitos, acaba de inaugurar a bombo y platillo la edición 35ª de la Feria Internacional de La Habana, un foro que intenta atraer a inversores y compradores extranjeros a la precaria economía que los comunistas han construido durante 58 años.

Y ni corto ni perezoso, Malmierca informa que desde el pasado año, los negocios de capital extranjero han llegado a sectores estratégicos de la economía, como las energías renovables, el turismo, la construcción, la minería y la prospección petrolera, unido al bancario financiero y las industrias, especialmente la ligera, la alimentaria y la azucarera, y lo han hecho, por un monto total de capital comprometido superior a los 2.000 millones de dólares. Si todo esto fuera cierto, nos alegraríamos, sin duda. Creerlo requiere mucho más que una prueba de fe.

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